Hacer ciencia está, cada vez más, incluyendo modelos colaborativos donde científicos y comunidades comparten objetivos, responsabilidades y beneficios. Esto se define como investigación-acción participativa, y consiste en un intercambio de conocimientos entre la comunidad y los investigadores para generar resultados tangibles. Tanto el investigador como la comunidad establecen sus intereses y objetivos en conjunto. Así es el proyecto de conservación de bosques Bacurú Drõa en las tierras colectivas de Balsa de la Comarca Emberá-Wounaan, Darién, liderado por Catherine Potvin, científica asociada de STRI y profesora emérita de biología de Universidad de McGill. En Emberá, bacurú es árbol y drõa es viejo.
Como parte del proyecto, la comunidad indígena Emberá solicitó a los científicos y autoridades apoyo en sus esfuerzos para obtener la legalización del territorio. Esto incluyó hacer un mapa con los nombres en Emberá de los ríos y elementos importantes del territorio para reconocer su valor cultural e histórico. Gracias a la colaboración entre el territorio de Balsa y Potvin, los técnicos de campo del proyecto son Emberá y fueron entrenados con el equipo de ForestGEO en Isla Barro Colorado. Los técnicos de Bacurú Drõa establecieron una parcela de bosque de 15 hectáreas que supera en diversidad todas las otras parcelas de Panamá. Los árboles se nombraron en español, latín y Emberá, lo que estimuló un programa de educación inter-cultural con las escuelas del territorio donde niños y niñas están aprendiendo los nombres de árboles en español y en Emberá. "Uno puede caminar el mismo camino como aliados y eso va lejos porque tiene la fuerza de dos saberes muy poderosos", dice Potvin, inspirada en su entorno.
La gestión de Potvin también ha logrado la integración de 10 mujeres Emberá como parte del equipo técnico del proyecto. Mujeres Emberá que estudian, se capacitan y cobran un sueldo, logrando una equidad de género en comunidades que usualmente se manejan más cercanamente a las tradiciones que han perdurado a través de décadas.
"Todos ellos son los coautores de toda esta ciencia que estamos produciendo", comenta Potvin.
Resiliencia relacional
"Hay que ser gente antes de ser científico", afirma Ricardo Moreno, científico asociado de STRI y presidente de Fundación Yaguará Panamá. Lleva 27 años trabajando con comunidades de ganaderos en Darién por la conservación del jaguar, actualmente en peligro de extinción, asegura que la confianza es la base de las relaciones colaborativas con las comunidades.
Pasando temporadas en Darién y hablando mucho con las personas, ha sabido adentrarse y comprender la preocupación que representan las pérdidas económicas del ganado depredado por jaguares. Muchas veces estas depredaciones hacen que, como represalia, cacen al jaguar. Sin embargo, la mayoría de las fincas colindan con bosque por donde se mueven los jaguares, que ahora son potreros. Como resultado, Fundación Yaguará Panamá trabaja en colaboración con familias ganaderas para mejorar sus planes de manejo del ganado y con esto evitar depredaciones. A su vez, esta práctica facilita la labor de los científicos que monitorean al jaguar.
Tras mucho esfuerzo y pasar tiempo con la comunidad, Moreno asegura que está logrando su misión cuando la gente tiene la cercanía de llamarlo por teléfono para avisarle sobre una depredación de ganado como potencial sitio para monitoreo, en lugar de una llamada por la muerte de un jaguar. La confianza que ha establecido Moreno para la Fundación Yaguará Panamá los convierte en un puente que facilita la comunicación entre la comunidad y el estado panameño.
Precisamente esta comunicación tan cercana que ha logrado con la comunidad está generando conciencia sobre la conservación del jaguar y su hábitat. "Que sepan que somos aliados. Hacemos que ellos [la comunidad] sean los actores más importantes de esto".
Humanas, al fin y al cabo
Catherine Potvin cuenta que hubo un antes y un después desde su primer encuentro con la comunidad Emberá en Darién, tanto así que cambió su perspectiva de hacer ciencia.
"Mi enfoque era la conservación del bosque, pero después de convivir con los Emberá por primera vez, me di cuenta de que no se puede conservar el bosque, sino protegemos también la gente que vive, depende y cuida el bosque", reflexiona Potvin, originaria de Canadá, sobre su primer viaje al Darién en 1993. Desde entonces ha construido un vínculo con los Emberá que va más allá de recolección de datos y reportes.
Ese primer viaje fue gracias a Rogelio Cansari, joven Emberá que ayudó a Potvin a coordinar la expedición, y quien más tarde se convertiría en su estudiante de maestría en la Universidad de McGill. Potvin viajó con sus tres hijos de ocho, siete y cinco años en aquel momento.
"Nadie me percibió como una científica, el primer encuentro fue realmente de madre a madre. Entonces fue una relación de alma a alma, de humana a humana. No fue un encuentro en el que se interpuso la ciencia y esta humanidad es lo que intenté mantener todo el tiempo".
Ana Spalding, científica de STRI y directora de la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones de Resiliencia Basadas en la Comunidad, tuvo una experiencia similar cuando estaba embarazada de su primera hija. Spalding había llegado a Bocas del Toro para recolectar datos para su tesis doctoral sobre políticas marinas y desarrollo sostenible en el archipiélago. Durante su primer año de campo estableció relaciones y desarrolló confianza con algunas comunidades insulares. Pero no fue hasta que llegó a una comunidad visiblemente embarazada que, siendo panameña pero no indígena, conectó directamente con mujeres de una de las comunidades insulares habitada principalmente por indígenas Ngäbe Buglé.
"Me sentí menos extranjera de su comunidad, era un entendimiento súper básico de: eres mujer, y eres mamá", cuenta Spalding afirmando que con esta apertura obtuvo una nueva perspectiva sobre el proceso de investigación. Pudo adentrarse más en la cotidianidad de las mujeres, quienes por dinámicas de género o poder suelen ser más calladas. "Si ellas estaban en la cocina, yo iba a la cocina, y me recibían de una manera totalmente diferente".
Para que las mujeres de comunidades indígenas participen hay que diseñar estratégicamente la metodología de recolección de datos, ya que no suelen ser entrevistadas individualmente. Las entrevistas se llevan a cabo en reuniones comunales donde los líderes, que generalmente son hombres, son los que responden. A pesar de que el género no fue parte de su tesis de investigación, comprender a las mujeres y las dinámicas de roles de la comunidad le ayudó a mejorar su metodología de investigación y a entender el contexto socio-cultural del archipiélago.
"Es muy importante saber quién eres cuando entras a un espacio, qué traes a la conversación y cómo eso influye a la recuperación de información", comenta Spalding. Como directora de la Iniciativa Arsht de Resiliencia, los proyectos que se llevan a cabo se enfocan en trabajar con comunidades, entender los distintos impulsores de cambios sociales, ambientales o políticos, entender qué los hace resilientes y darle relevancia al poder de las ciencias sociales.
Hacia un futuro sostenible y resiliente
El trabajo científico de campo con comunidades que prospera, es aquel en el que suele haber relaciones de confianza entre investigadores y comunidades locales como principal característica. Incluso ante adversidades tanto climáticas como sociales, un lazo de confianza construido con respeto y reciprocidad puede fortalecer la capacidad de ser resilientes y mantener viva la colaboración cuando otros factores fallan.
La resiliencia como capacidad de adaptación, tanto en comunidades y ecosistemas, como también para el investigador, no es únicamente un resultado ecológico, sino una forma de relación y de compromiso humano. "¿Cómo ser resilientes en tiempos de crisis?" reflexiona Spalding. "Las cosas deben cambiar para ser más inclusivos, y para poder responder mejor ante las amenazas constantes". Sin comunidades resilientes los proyectos carecen de sostenibilidad, y sin investigadores capaces de adaptarse y sostener vínculos humanos, la ciencia difícilmente echa raíces en el territorio.
Ser resilientes implica cultivar la capacidad de escucharnos, de transformarnos y de sostenernos unos a otros en tiempos de cambio. Ser consecuentes con las acciones y asumir responsabilidades fortalece la conciencia de nuestra interdependencia con el entorno; nadie ni nada existe de forma aislada.
"Tenemos que entender el mundo como un sistema socio-ecológico e interconectado. Al entender esto, las preguntas que hacemos y los procesos de investigación van a ser diferentes, y los resultados van a ser más inclusivos tanto de la parte humana como de la parte ambiental", comenta Spalding, evidenciando que la ciencia que cultiva relaciones solidas perdura en el tiempo.