Mano sosteniendo un colibrí en el bosque tropical

Conexión Humana
y Resiliencia

En tiempos de incertidumbre, la resiliencia a menudo se esconde en el aislamiento, y se manifiesta a través de la fuerza de nuestras conexiones. Detrás de cada proyecto hay investigadores y comunidades que se adaptan a lo impredecible, se reconstruyen tras los reveses y persisten ante entornos y condiciones cambiantes. Este editorial presenta una sección exclusiva de la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones de Resiliencia Basadas en la Comunidad. El contenido de esta edición reflexiona sobre cómo la resiliencia en la ciencia se sustenta en la determinación individual, las redes de confianza, la colaboración y la conexión, recordándonos que el progreso está profundamente entrelazado con la forma en que nos cuidamos y aprendemos unos de otros.

Adrienne Arsht Community-Based Resilience Solutions Initiative
Vista aérea de manglares con embarcación

COLUMNA DESTACADA

¿Qué es la resiliencia?

Un salvavidas en un mundo impredecible

Foto: Milton García

Frente a los cambios medioambientales, los desafíos sociales y el rápido cambio tecnológico, la resiliencia —la capacidad de recuperación ante circunstancias adversas— es nuestro superpoder.

La resiliencia no solo nos permite sobrevivir, sino también hacernos más fuertes, sabios y unidos a través de distintas maneras de afrontar retos. Ya sea que hablemos de ecosistemas, comunidades o individuos, la resiliencia es el hilo de oro que entreteje nuestra capacidad de adaptación.

La resiliencia ecológica es la capacidad de nuestro planeta para recuperarse de desastres. Bosques que prosperan tras incendios forestales, arrecifes de coral que se regeneran tras blanqueamientos, y humedales que absorben aguas de inundaciones, son recordatorios poderosos de la capacidad de la naturaleza para curarse. Aunque actividades insostenibles han llevado al límite muchos ecosistemas, la esperanza reside en nuestra capacidad para restaurarlos prestando atención a la naturaleza y aprendiendo de ella.

Los investigadores científicos están liderando el camino, estudiando la biodiversidad y la dinámica ecológica para guiar los esfuerzos de conservación. Su trabajo impulsa iniciativas globales como la Década para la Restauración de Ecosistemas de la ONU, ayudándonos a construir un futuro donde la naturaleza pueda prosperar junto a la humanidad para nuestro beneficio mutuo.

La resiliencia social es igualmente vital. Las comunidades que colaboran, comparten recursos y se apoyan mutuamente están mejor preparadas para afrontar desafíos, desde desastres naturales hasta cambios económicos. Los investigadores pueden trabajar junto a las comunidades locales, aprender de ellas y ayudar a fortalecer los lazos que unen a la sociedad.

En el corazón de la resiliencia reside la capacidad humana para adaptarse e innovar, ya sea a través de la fuerza individual, de las interacciones sostenibles con la naturaleza, de la tecnología o de la sabiduría ancestral. Personas de todo el mundo utilizan la creatividad y la perseverancia para prosperar en un mundo cambiante. La ciencia y la tecnología pueden ayudar a apoyar estas acciones y construir resiliencia ofreciendo perspectivas sobre los motores sociales y ecológicos del cambio, las estrategias que utilizan las personas y la naturaleza para adaptarse a él, y las herramientas para aplicar estos conocimientos a tecnologías emergentes y soluciones que perduren.

Crear un mundo resiliente también implica abrazar sistemas de conocimiento diversos. Las comunidades indígenas y locales en lugares como Bocas del Toro, en el oeste de Panamá, que visité a principios de 2025, albergan generaciones de sabiduría sobre la vida en armonía con la naturaleza. Integrar estos conocimientos en la investigación científica enriquece nuestra comprensión y abre la puerta a la co-creación de soluciones prácticas que honren las prácticas tradicionales.

En última instancia, la resiliencia es más que recuperarse: se trata de avanzar. Es la clave para un progreso sostenible, y el desarrollo de comunidades globales que prosperan. Como individuos, podemos cultivar la resiliencia a través del aprendizaje, la conexión y la compasión. Como sociedades, podemos integrarla en nuestros sistemas e instituciones. Y como comunidad global, podemos defender la resiliencia como el camino hacia un futuro más brillante y esperanzador.

Desde bosques hasta paisajes cafetaleros, en costas y en comunidades, las historias de esta edición nos recuerdan que la resiliencia es una práctica de conexión, colaboración e innovación.

Adrienne Arsht Community-Based Resilience Solutions Initiative
Miniatura del video: iniciativa Adrienne Arsht de resiliencia

Construyendo resiliencia
en un mundo cambiante

Una iniciativa del Smithsonian que conecta ciencia, cultura, arte e historia, para entender cómo las comunidades y la biodiversidad afrontan y responden a los efectos del cambio global.

¿Qué significa ser resiliente en el mundo actual? Desde el incremento en el nivel del mar hasta los cambios en los patrones climáticos, las comunidades y ecosistemas de todo el mundo se enfrentan a nuevos desafíos. La resiliencia —la capacidad de adaptarse, recuperarse y prosperar frente al cambio— no es solo una palabra de moda. Es una necesidad.

En el Smithsonian, la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones de Resiliencia Basadas en la Comunidad es un programa que reúne a expertos de diferentes disciplinas y comunidades para comprender y fortalecer la resiliencia, especialmente en regiones tropicales donde tanto la biodiversidad como la vulnerabilidad son altas.

Lanzada en 2023 con una generosa donación de la filántropa Adrienne Arsht, la iniciativa tiene su sede en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) en Panamá, la única unidad del Smithsonian fuera de EE. UU. y líder mundial en ciencia tropical. Esta ubicación no es casualidad. Las regiones tropicales albergan los ecosistemas más ricos de la Tierra y son hogar de comunidades que se han adaptado durante mucho tiempo a los cambios ambientales. También están en primera línea de los desafíos más urgentes de hoy.

Ana Spalding, experta en políticas marinas y directora de la Iniciativa, enfatiza que la resiliencia consiste en comprender las fuerzas que impulsan el cambio y encontrar formas de responder que estén arraigadas tanto en la ciencia como en la experiencia vivida. "La resiliencia es comprender los factores sociales y ecológicos del cambio, las estrategias para reactuar y cómo nos adaptamos", explica.

Pero la resiliencia varía cuando se observa desde diferentes perspectivas. Para algunos, se trata de proteger las costas y las pesquerías y garantizar el acceso a agua limpia. Para otros, se trata de preservar tradiciones culturales. Por eso la iniciativa pone las voces comunitarias y el conocimiento local en el centro, reconociendo que las soluciones deben ser tan diversas como las personas y los lugares a los que sirven. "Nuestras experiencias vividas y conexiones con nuestro entorno crean un retrato colorido, como un mosaico, de lo que significa reaccionar, responder y adaptarse al cambio", añade Spalding.

La Iniciativa también fomenta capacidades, formando a la próxima generación de líderes científicos, forjando alianzas entre disciplinas y creando una red global de defensores de la resiliencia. La conservación exitosa y sostenible solo puede lograrse con el empoderamiento científico y la colaboración.

"Todo el mundo quiere actuar, pero no necesariamente tienen pruebas que les respalden", dice el director de STRI, Josh Tewksbury. Ahí es donde entran en juego las fortalezas únicas del Smithsonian: combinar investigación rigurosa con narración, educación y compromiso con políticas para convertir el conocimiento en acción. Al participar en reuniones globales y compartir hallazgos científicos, la Iniciativa puede apoyar soluciones eficaces para proteger y gestionar los recursos naturales y ecosistemas en beneficio de todos.

También forma parte de una visión más amplia del Smithsonian llamada Life on a Sustainable Planet (La Vida en un Planeta Sostenible), que se centra en cómo las personas y la naturaleza pueden adaptarse juntas. Con el apoyo de unidades del Smithsonian como el Museo Nacional de Historia Natural, la Oficina de Transformación Digital y el Centro de Educación Científica del Smithsonian, la Iniciativa se ha centrado en cuatro pilares: construir la investigación en resiliencia, formar a la próxima generación de líderes científicos inspirados en la práctica, involucrar al público y ofrecer soluciones reales.

En un mundo que está en constante cambio, la resiliencia no es solo un concepto, es un viaje compartido, y a través de ello, el Smithsonian está ayudando a trazar un camino hacia adelante, uno basado en la colaboración, la creatividad y la esperanza.

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Plantación de café a la sombra

Café, cacao y conservación

En América Latina, el programa Bird Friendly® (amigable con las aves) del Smithsonian conecta con agricultores de café y cacao, promoviendo prácticas agrícolas sostenibles y basadas en la ciencia que protegen hábitats naturales para las aves y otros animales salvajes.

No hay nada como disfrutar de una buena taza de café o de un delicioso chocolate. Pero, ¿de dónde viene ese café o cacao y qué se necesita para producirlo? Las regiones del mundo donde se cultiva la mayor parte del café y el cacao albergan bosques tropicales, donde las temperaturas y la humedad se mantienen relativamente estables. No es casualidad que también sean las regiones donde encontramos la mayor diversidad de plantas, aves y otros organismos.

En la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia y Villa Rica en Perú, muchos miembros de comunidades indígenas continúan cultivando café y cacao utilizando métodos tradicionales y respetuosos con el medio ambiente, como plantar ambos cultivos a la sombra de árboles nativos y cultivar de forma orgánica.

Gráfico comparativo de especies de aves en plantaciones de café al sol, sombra parcial y sombra Bird Friendly

Investigadores del programa Bird Friendly han descubierto que las plantaciones de café cultivadas en sombra son visitadas por muchas más especies de aves que aquellas que cultivan café al sol.

Mano sosteniendo un colibrí en el bosque tropical

"Cuando los turistas que visitan regiones cafeteras llegan a Villa Rica y ven colinas y colinas de vegetación y árboles, siempre preguntan, ¿dónde está el café? No se dan cuenta de que el café está plantado bajo todos esos árboles", explica Danitza Medina, quien realiza actividades científicas y de entrenamiento con grupos de productores de café y cacao, como la Cooperativa Ecológica de Mujeres Cafetaleras Villa Rica (CEMCAVIR), en Villa Rica, el pueblo donde nació.

En los últimos años, estos productores han reforzado sus compromisos con el medio ambiente mediante colaboraciones con organizaciones de investigación y conservación, como SELVA en Colombia y el programa Smithsonian Bird Friendly®.

Estas prácticas aportan varios beneficios a las granjas: los árboles protegen el suelo de la erosión y atraen a las aves, que a su vez proporcionan importantes servicios ecosistémicos, como polinizar plantas, dispersar semillas y controlar poblaciones de insectos.

"Cuanta más diversidad de árboles tiene una granja, más diversidad de aves llegan a comer insectos, incluyendo algunas plagas de cultivos como el escarabajo barrenador", dice Esteban Botero-Delgadillo, biólogo y ecólogo, y director del programa de ciencias de la conservación de SELVA. "Cuando los agricultores conservan los árboles nativos, atraen biodiversidad que aporta muchos beneficios económicos."

El sello Bird Friendly® atrae especialmente a importadores y tostadores del sector del café de especialidad que buscan captar la atención de los amantes de la fauna y consumidores conscientes.

Más que otras certificaciones, Bird Friendly utiliza la ciencia del Smithsonian para proteger los hábitats de las aves. La investigación realizada por científicos y asociados del Smithsonian guía los esfuerzos de conservación en regiones de cultivo, en colaboración con agricultores de café y cacao que quieren evitar que las poblaciones de aves desaparezcan aún más.

"La investigación científica está en el corazón de la certificación Bird Friendly®", dice Ruth Bennett, ecóloga investigadora del Smithsonian y directora del programa Bird Friendly. "Estudiando cómo responden las aves a diferentes prácticas agrícolas y configuraciones de paisajes, podemos asegurar que la certificación evolucione continuamente para beneficiar tanto a los productores como a los ecosistemas que cuidan".

Basándose en décadas de investigación, el Centro de Aves Migratorias del Smithsonian (SMBC) lanzó el sello de certificación Bird Friendly® en el año 2000. El sello es ahora el estándar Ambiental de oro reconocido para el café y el cacao, y todas las granjas utilizan prácticas orgánicas y conservan árboles o bosques nativos de sombra. Las granjas certificadas deben proteger los hábitats de la vida silvestre, ya sea mediante una vía agroforestal, donde mantienen un 40% de sombra sobre el café y un 30% sobre el cacao, compuesta por diez especies de árboles por hectárea que deben ser mayoritariamente autóctonas; o por una vía de conservación forestal, donde protegen el 40% de su tierra como bosque gestionado de forma sostenible.

En 2023, el programa Bird Friendly abrió una oficina de extensión en STRI en Panamá, para conectar más estrechamente con los productores de la región y guiarlos para obtener la certificación Bird Friendly®, pero principalmente para motivar el uso de buenas prácticas.

"Nuestro programa de extensión conecta a los agricultores de café y cacao con investigaciones científicas que pueden ayudarles a tomar decisiones que protejan mejor a las aves y la biodiversidad en sus tierras. Al mismo tiempo, el trabajo de extensión nos permite recibir retroalimentación de los productores para ayudar a guiar nuevas investigaciones", dice Melissa Mazurkewicz, directora senior del programa latinoamericano Bird Friendly en Panamá.

El programa Bird Friendly, junto a colaboradores como SELVA, desarrolla formaciones y talleres dirigidos a productores y otros miembros de cooperativas de café y cacao, así como materiales de divulgación y educativos, como guías de especies arbóreas nativas de cada región y de las aves que las visitan, para motivar la adopción de buenas prácticas y certificaciones.

"Estar radicados en Panamá nos posiciona estratégicamente para viajar fácilmente por América Latina, reforzando nuestra capacidad para apoyar tanto a productores como a auditores", añade Melissa. "También participamos en eventos de café y cacao que nos ayudan a hacer crecer la comunidad Bird Friendly!"

Conocimiento ancestral

En la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá en Colombia, la organización productora ANEI está formada por cientos de familias indígenas y rurales dedicadas al cultivo del café y el cacao en armonía con la naturaleza. Colaboran con SELVA y Bird Friendly para la protección de aves, como el colibrí alas de sable de Santa Marta (Campylopterus phainopeplus), una especie de colibrí endémica de la región que se creía extinta hasta que fue redescubierta en 2022.

"La Sierra Nevada de Santa Marta es un lugar único e increíble", dice Zoraya Buitrago, bióloga y educadora ambiental que trabaja con SELVA para desarrollar proyectos e iniciativas educativas. "Es una montaña en el norte de Colombia que nace en el nivel del mar Caribe y alcanza las cumbres nevadas más altas del país."

La Sierra Nevada de Santa Marta es un sistema aislado de los Andes con una amplia biodiversidad y alberga cuatro grupos principales de comunidades indígenas: Arhuaco, Kogui, Wiwa y Kankuamo. Según la cosmovisión de estas comunidades, la Sierra Nevada es el "ombligo del mundo", un lugar sagrado donde se originó el mundo. "Hay tanta fauna y flora únicas en la región que es fácil establecer la relación entre esa visión y su importancia para la biodiversidad", dice Esteban.

En Perú, la cuna del café se encuentra en el distrito de Villa Rica, parte de la Reserva de la Biosfera Oxapampa-Asháninka-Yánesha. Sus habitantes, la comunidad indígena yánesha, colonos austro-alemanes y colonos de otras partes del Perú, son promotores de la conservación.

Colaboradores como Zoraya en Colombia y Danitza en Perú son una conexión esencial entre estos productores y los investigadores de Bird Friendly y SELVA. Su presencia mantiene la confianza y la retroalimentación con estas comunidades y refuerza constantemente los principios y prácticas de conservación.

"Buscamos formar a las personas en auditorías y evaluación para certificación", explica Zoraya. "Tenemos reuniones con la comunidad, hablamos de buenas prácticas, hacemos ejercicios para aprender a identificar aves y más. Queremos que sea práctico para ellos y que comprendan nuestra presencia allí." Obtener y mantener la certificación Bird Friendly aporta a los productores otros beneficios ecológicos, como oportunidades para desarrollar actividades de ecoturismo, cría de polinizadores y plantación de plantas comestibles y medicinales.

Desafíos y resiliencia

Además de los cambios ambientales que afectan a la producción, como temporadas de lluvias más largas o más cortas, las industrias del café y el cacao enfrentan otros desafíos, como la escasez de personal para el trabajo de campo. Muchos jóvenes de familias productoras están migrando a la ciudad en busca de otras oportunidades laborales, dejando el negocio familiar sin un reemplazo generacional.

"Somos la tercera o cuarta generación de productores de café. Desde que éramos niños hemos visto a nuestros padres y abuelos esforzarse en el campo y hemos ido aprendiendo en el camino, pero no muchos de nosotros hemos tomado la iniciativa de heredar esas tierras", dice Danitza, cuya experiencia en el cultivo de café en Perú le ha ayudado a conectar con los productores y a comprender sus necesidades.

Panamá también produce café de especialidad de renombre mundial. El café Geisha panameño ha alcanzado precios récord en el mercado. A pesar de ello, ninguna plantación cafetera en Panamá cumple hasta ahora con el requisito de gestión orgánica de la certificación Bird Friendly®. Una razón es que todavía no hay mucha investigación o desarrollo de prácticas orgánicas en el país, lo que dificulta la implementación efectiva de un control efectivo de plagas de hongos y escarabajos barrenadores del café, otro desafío global.

Sin embargo, las prácticas orgánicas son más comunes en las plantaciones de cacao en Panamá. La primera certificación Smithsonian Bird Friendly® se obtuvo recientemente en el país: Cacao Cerro La Vieja, cacao orgánico producido en la provincia de Coclé, que obtuvo su certificación a través de la vía de conservación forestal de Bird Friendly en 2025.

"Para nosotros es esencial tener la validación de que los procesos que llevamos a cabo —la gestión de plantaciones orgánicas y conservación forestal— están oficialmente reconocidos y supervisados. Especialmente si existe un mercado que exige productos sostenibles y un compromiso con la biodiversidad", dice Samuel Valdés, propietario de Cacao Cerro La Vieja.

Esta primera certificación en Panamá resalta la importancia de ampliar las oportunidades de certificación para ayudar a los productores a posicionarse en el mercado y encontrar nuevas oportunidades y conexiones.

A medida que más granjas de café y cacao se certifican, la extensión Bird Friendly sigue ayudando a los productores a lograr granjas más sostenibles y resilientes que prosperen en armonía con las aves y la biodiversidad, protegiendo sus ecosistemas y la conectividad entre los restos forestales.

"Nuestra investigación muestra que las granjas de café y cacao Bird Friendly® están entre los sistemas agrícolas más resistentes de los trópicos", dice Ruth. "La cobertura forestal, los árboles nativos de sombra y los suelos saludables no solo conservan la biodiversidad, sino que también estabilizan los rendimientos y fortalecen el bienestar de las comunidades agrícolas en un clima cambiante".

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Escena de ciencia y comunidad en Panamá

Ciencia y educación
sobre ruedas

El Q?Bus es un colorido busito que lleva la ciencia del Smithsonian directamente a escuelas y comunidades en Panamá.

Empacado con artefactos, objetos curiosos y actividades interactivas, este laboratorio móvil despierta la curiosidad y el pensamiento crítico en niñas, niños y jóvenes.

El criterio principal que se toma en consideración es la audiencia: el grado escolar o el rango de edad al que va dirigida la lección. A partir de ahí, se integran los estándares y habilidades apropiados para la edad que se busca apoyar.

Para darles vida a las lecciones, el equipo de Q?Bus se sumerge en las investigaciones más recientes de STRI y forman una alianza con los científicos que las lideran.

Gracias a esta alianza, los estudiantes refuerzan los aprendizajes adquiridos en el aula y lo llevan a la práctica al experimentar con las aplicaciones reales de la ciencia en su entorno comunitario. Transforman esos hallazgos en experiencias de aprendizaje memorables: desde juegos educativos hasta simulaciones que ponen a los estudiantes en el centro de la acción.

El Q?Bus, como muchos programas educativos de STRI, depende de subvenciones internas, externas y de donantes como: Youth Access Grant, Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Embajada de Canadá, Fundación Causa Nuestra y la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones de Resiliencia Basadas en la Comunidad. El programa se ofrece de manera gratuita, eliminando barreras logísticas y económicas para que el conocimiento científico sea accesible a más personas, sin importar su ubicación.

En miras al futuro, se espera que el Q?Bus pueda continuar creando experiencias educativas significativas que fomenten la curiosidad de los estudiantes y apoyen la pasión de los educadores al enseñar. El Q?Bus busca expandir el conocimiento científico compartiéndolo con comunidades donde las personas puedan continuar conectando sus propias vivencias y el entorno que los rodea con la ciencia.

"Esta iniciativa no solo democratiza el conocimiento, sino que también fomenta vocaciones científicas al involucrar a estudiantes en experiencias reales que fortalecen su pensamiento crítico y comprensión del método científico".

Jimena Pitty

Gerente de Programas Públicos e investigadora
principal del programa Q?Bus

Estudiantes y comunidad participando en actividades del Q?Bus

Cuando la ciencia echa raíz

Haciendo investigación de campo humana y resiliente

Hacer ciencia de campo con comunidades no solo se trata de obtener resultados. Se trata de buscar la igualdad en la colaboración más allá de los laboratorios.

El trabajo científico de campo con comunidades, como parte de una investigación sobre los sistemas socio-ecológicos en el trópico, requiere de comunicación, presencia, confianza, y dedicación; se teje, sobre todo, con vínculos humanos. Implica interactuar con comunidades que poseen un conocimiento profundo de su territorio y su biodiversidad, y cuyas historias y culturas se ven entrelazadas con el entorno natural. Un saludo de bienvenida, una conversación junto a la fogata y una caminata compartida son parte de un cálido intercambio. Pero el respeto y la aceptación de su cosmovisión es fundamental y son la base de una relación humana, colaborativa y resiliente.

Cuando los investigadores establecen relaciones con comunidades de forma genuina, escuchan las necesidades locales y valoran los saberes tradicionales, se puede crear un entorno donde el conocimiento fluye en ambas direcciones. Tres investigadores de STRI en Panamá han formado vínculos con comunidades como parte de su investigación, compartiendo sus procesos y perspectivas únicas de lo que involucra hacer ciencia de campo en un territorio distinto y cómo estas conexiones perduran en el tiempo y trascienden de los resultados científicos.

Ciencia colaborativa

Hacer ciencia está, cada vez más, incluyendo modelos colaborativos donde científicos y comunidades comparten objetivos, responsabilidades y beneficios. Esto se define como investigación-acción participativa, y consiste en un intercambio de conocimientos entre la comunidad y los investigadores para generar resultados tangibles. Tanto el investigador como la comunidad establecen sus intereses y objetivos en conjunto. Así es el proyecto de conservación de bosques Bacurú Drõa en las tierras colectivas de Balsa de la Comarca Emberá-Wounaan, Darién, liderado por Catherine Potvin, científica asociada de STRI y profesora emérita de biología de Universidad de McGill. En Emberá, bacurú es árbol y drõa es viejo.

Como parte del proyecto, la comunidad indígena Emberá solicitó a los científicos y autoridades apoyo en sus esfuerzos para obtener la legalización del territorio. Esto incluyó hacer un mapa con los nombres en Emberá de los ríos y elementos importantes del territorio para reconocer su valor cultural e histórico. Gracias a la colaboración entre el territorio de Balsa y Potvin, los técnicos de campo del proyecto son Emberá y fueron entrenados con el equipo de ForestGEO en Isla Barro Colorado. Los técnicos de Bacurú Drõa establecieron una parcela de bosque de 15 hectáreas que supera en diversidad todas las otras parcelas de Panamá. Los árboles se nombraron en español, latín y Emberá, lo que estimuló un programa de educación inter-cultural con las escuelas del territorio donde niños y niñas están aprendiendo los nombres de árboles en español y en Emberá. "Uno puede caminar el mismo camino como aliados y eso va lejos porque tiene la fuerza de dos saberes muy poderosos", dice Potvin, inspirada en su entorno.

La gestión de Potvin también ha logrado la integración de 10 mujeres Emberá como parte del equipo técnico del proyecto. Mujeres Emberá que estudian, se capacitan y cobran un sueldo, logrando una equidad de género en comunidades que usualmente se manejan más cercanamente a las tradiciones que han perdurado a través de décadas.

"Todos ellos son los coautores de toda esta ciencia que estamos produciendo", comenta Potvin.

Resiliencia relacional

"Hay que ser gente antes de ser científico", afirma Ricardo Moreno, científico asociado de STRI y presidente de Fundación Yaguará Panamá. Lleva 27 años trabajando con comunidades de ganaderos en Darién por la conservación del jaguar, actualmente en peligro de extinción, asegura que la confianza es la base de las relaciones colaborativas con las comunidades.

Pasando temporadas en Darién y hablando mucho con las personas, ha sabido adentrarse y comprender la preocupación que representan las pérdidas económicas del ganado depredado por jaguares. Muchas veces estas depredaciones hacen que, como represalia, cacen al jaguar. Sin embargo, la mayoría de las fincas colindan con bosque por donde se mueven los jaguares, que ahora son potreros. Como resultado, Fundación Yaguará Panamá trabaja en colaboración con familias ganaderas para mejorar sus planes de manejo del ganado y con esto evitar depredaciones. A su vez, esta práctica facilita la labor de los científicos que monitorean al jaguar.

Tras mucho esfuerzo y pasar tiempo con la comunidad, Moreno asegura que está logrando su misión cuando la gente tiene la cercanía de llamarlo por teléfono para avisarle sobre una depredación de ganado como potencial sitio para monitoreo, en lugar de una llamada por la muerte de un jaguar. La confianza que ha establecido Moreno para la Fundación Yaguará Panamá los convierte en un puente que facilita la comunicación entre la comunidad y el estado panameño.

Precisamente esta comunicación tan cercana que ha logrado con la comunidad está generando conciencia sobre la conservación del jaguar y su hábitat. "Que sepan que somos aliados. Hacemos que ellos [la comunidad] sean los actores más importantes de esto".

Humanas, al fin y al cabo

Catherine Potvin cuenta que hubo un antes y un después desde su primer encuentro con la comunidad Emberá en Darién, tanto así que cambió su perspectiva de hacer ciencia.

"Mi enfoque era la conservación del bosque, pero después de convivir con los Emberá por primera vez, me di cuenta de que no se puede conservar el bosque, sino protegemos también la gente que vive, depende y cuida el bosque", reflexiona Potvin, originaria de Canadá, sobre su primer viaje al Darién en 1993. Desde entonces ha construido un vínculo con los Emberá que va más allá de recolección de datos y reportes.

Ese primer viaje fue gracias a Rogelio Cansari, joven Emberá que ayudó a Potvin a coordinar la expedición, y quien más tarde se convertiría en su estudiante de maestría en la Universidad de McGill. Potvin viajó con sus tres hijos de ocho, siete y cinco años en aquel momento.

"Nadie me percibió como una científica, el primer encuentro fue realmente de madre a madre. Entonces fue una relación de alma a alma, de humana a humana. No fue un encuentro en el que se interpuso la ciencia y esta humanidad es lo que intenté mantener todo el tiempo".

Ana Spalding, científica de STRI y directora de la Iniciativa Adrienne Arsht de Soluciones de Resiliencia Basadas en la Comunidad, tuvo una experiencia similar cuando estaba embarazada de su primera hija. Spalding había llegado a Bocas del Toro para recolectar datos para su tesis doctoral sobre políticas marinas y desarrollo sostenible en el archipiélago. Durante su primer año de campo estableció relaciones y desarrolló confianza con algunas comunidades insulares. Pero no fue hasta que llegó a una comunidad visiblemente embarazada que, siendo panameña pero no indígena, conectó directamente con mujeres de una de las comunidades insulares habitada principalmente por indígenas Ngäbe Buglé.

"Me sentí menos extranjera de su comunidad, era un entendimiento súper básico de: eres mujer, y eres mamá", cuenta Spalding afirmando que con esta apertura obtuvo una nueva perspectiva sobre el proceso de investigación. Pudo adentrarse más en la cotidianidad de las mujeres, quienes por dinámicas de género o poder suelen ser más calladas. "Si ellas estaban en la cocina, yo iba a la cocina, y me recibían de una manera totalmente diferente".

Para que las mujeres de comunidades indígenas participen hay que diseñar estratégicamente la metodología de recolección de datos, ya que no suelen ser entrevistadas individualmente. Las entrevistas se llevan a cabo en reuniones comunales donde los líderes, que generalmente son hombres, son los que responden. A pesar de que el género no fue parte de su tesis de investigación, comprender a las mujeres y las dinámicas de roles de la comunidad le ayudó a mejorar su metodología de investigación y a entender el contexto socio-cultural del archipiélago.

"Es muy importante saber quién eres cuando entras a un espacio, qué traes a la conversación y cómo eso influye a la recuperación de información", comenta Spalding. Como directora de la Iniciativa Arsht de Resiliencia, los proyectos que se llevan a cabo se enfocan en trabajar con comunidades, entender los distintos impulsores de cambios sociales, ambientales o políticos, entender qué los hace resilientes y darle relevancia al poder de las ciencias sociales.

Hacia un futuro sostenible y resiliente

El trabajo científico de campo con comunidades que prospera, es aquel en el que suele haber relaciones de confianza entre investigadores y comunidades locales como principal característica. Incluso ante adversidades tanto climáticas como sociales, un lazo de confianza construido con respeto y reciprocidad puede fortalecer la capacidad de ser resilientes y mantener viva la colaboración cuando otros factores fallan.

La resiliencia como capacidad de adaptación, tanto en comunidades y ecosistemas, como también para el investigador, no es únicamente un resultado ecológico, sino una forma de relación y de compromiso humano. "¿Cómo ser resilientes en tiempos de crisis?" reflexiona Spalding. "Las cosas deben cambiar para ser más inclusivos, y para poder responder mejor ante las amenazas constantes". Sin comunidades resilientes los proyectos carecen de sostenibilidad, y sin investigadores capaces de adaptarse y sostener vínculos humanos, la ciencia difícilmente echa raíces en el territorio.

Ser resilientes implica cultivar la capacidad de escucharnos, de transformarnos y de sostenernos unos a otros en tiempos de cambio. Ser consecuentes con las acciones y asumir responsabilidades fortalece la conciencia de nuestra interdependencia con el entorno; nadie ni nada existe de forma aislada.

"Tenemos que entender el mundo como un sistema socio-ecológico e interconectado. Al entender esto, las preguntas que hacemos y los procesos de investigación van a ser diferentes, y los resultados van a ser más inclusivos tanto de la parte humana como de la parte ambiental", comenta Spalding, evidenciando que la ciencia que cultiva relaciones solidas perdura en el tiempo.

Paisaje de la Comarca Ngäbe-Buglé con investigador señalando el valle

¿Por qué la Reforestación Inteligente® ahora está estudiando abejas?

Comienza un proyecto de reforestación en la Comarca Ngäbe-Buglé en Panamá, una iniciativa desafiante en tierras habitadas por pueblos Indígenas profundamente conectados con su territorio, pero también históricamente afectada por los incendios y la ganadería. Al mismo tiempo, el proyecto crea la oportunidad de comprender cómo cambia la diversidad de las abejas como polinizadoras a medida que se restablecen los bosques nativos. Basado en los principios de justicia ambiental y social, la participación de la comunidad local se convierte en esencial para este proyecto.

Más allá del suelo

Las personas que viven en la ciudad probablemente pasan días, semanas o incluso meses sin pisar la tierra. Rara vez piensan en la salud del suelo donde crecen los alimentos que comemos cada día, que sustenta a los animales de los que dependemos y que filtra el agua que bebemos. Sin embargo, las personas que viven en el campo probablemente tienen una conexión más profunda con la tierra, especialmente si se dedican a la agricultura. No obstante, aunque la vida en la ciudad pueda parecer muy alejada de la vida rural, todos dependemos del suelo y de los ecosistemas que sustenta.

"Evaluar cómo los distintos usos del suelo afectan a los servicios ecosistémicos es uno de los principales objetivos del proyecto de Reforestación Inteligente® de Agua Salud" explica Adriana Tapia, directora del proyecto en el STRI. Los servicios ecosistémicos son los beneficios directos e indirectos que proporcionan los ecosistemas, como "aumentar la capacidad de filtración del suelo, mejorar la calidad y la cantidad del agua en las quebradas, aumentar la biodiversidad y mejorar la captura de carbono", añade Tapia.

Los investigadores trabajando en el proyecto Agua Salud, que inició en la cuenca del Canal de Panamá en el 2008, han plantado más de 150,000 árboles en parcelas con distintos usos del suelo, incluyendo pastizales, pastos tradicionales para ganado, granjas silvopastorales y bosques. Además, el proyecto ha recopilado datos sobre el crecimiento de los árboles, así como información hidrológica y del clima.

Reforestación en la Comarca Ngäbe-Buglé

En el 2022, tras varias reuniones comunitarias con líderes Indígenas de la Comarca Ngäbe-Buglé, familias locales y científicos del STRI, se firmó un acuerdo para celebrar el proyecto de reforestación, una iniciativa que tiene como objetivo reforestar 100 hectáreas en 20 años. Foto: Jorge Alemán

Ciencia y comunidad

Después de 13 años recopilando el conocimiento científico detrás de la Reforestación Inteligente® — es decir, aprendiendo a sembrar las especies adecuadas, en el lugar adecuado, en el momento adecuado y por la razón correcta, en el 2021, una donación de la Rohr Family Foundation brindó la oportunidad de crear una serie de parcelas de restauración en la Comarca Ngäbe-Buglé, el mayor territorio Indígena de Panamá, situado a unos 300 kilómetros de la ciudad de Panamá.

"El proyecto llegó a nuestro distrito porque tuve contacto con el profesor Francisco Herrera, un profesor retirado de historia y antropología que labora en CEASPA (Asociación Centro Panameño de Estudios y Acción Social), durante un seminario que yo organicé aquí", explica Pedro Nola, expresidente del Congreso General Ngäbe-Buglé. "Yo le dije que consideraba conveniente un proyecto de reforestación si la comunidad lo aceptaba. Tendríamos que explicar los objetivos y firmar un acuerdo escrito. Le dije eso porque en el caso de los pinos, nunca hubo un documento firmado que sustentara realmente que en el futuro ese proyecto beneficiaría a la comunidad", añade Nola, refiriéndose a problemas anteriores con pinos plantados durante las administraciones Torrijos Herrera y Noriega para uso comunitario.

Llevar la Reforestación Inteligente® a la comarca supuso varios retos distintos a los que se enfrentaron en el sitio de Agua Salud en la cuenca del Canal de Panamá: la estación seca es más larga, se desconocía la diversidad de árboles locales y había desafíos de gobernanza, lo que resaltaba la necesidad de trabajar con los líderes de la comarca e involucrar a las comunidades locales. Sin embargo, Jefferson Hall, científico del Smithsonian y director del proyecto Agua Salud, no vio obstáculos, sino oportunidades: "En Agua Salud ya habíamos aprendido mucho sobre el proceso natural de recuperación del bosque en zonas deforestadas, sobre cómo intervenir para acelerar la recuperación y sobre cuáles especies de árboles pueden establecerse y crecer en suelos infértiles y con estrés hídrico".

La iniciativa en la comarca es un proyecto de 20 años con un objetivo claro: reforestar 100 hectáreas con parcelas que contengan una mezcla de unas 30 especies de árboles nativos. Pero el proyecto también tiene beneficios adicionales. Durante los primeros cuatro años, los encargados de las parcelas se comprometen a seguir las recomendaciones de mantenimiento y fertilización a cambio de pagos por su trabajo, y reciben todos los suministros y el equipo necesarios. Dado que la reforestación ayuda a mitigar los efectos del cambio climático mientras que almacena carbono, estas ayudas económicas son una forma de pago por carbono. Después de los primeros cuatro años, los participantes recibirán un pago de 130 dólares por hectárea por año hasta que el proyecto complete su plazo de 20 años, como compensación por supervisar las parcelas y protegerlas de incendios, que al parecer han sido menos frecuentes últimamente. Al cabo de 20 años, los encargados de las parcelas decidirán el futuro de los árboles. Además, pueden abandonar el proyecto en cualquier momento sin penalización alguna.

"Fuimos claros acerca de nuestro compromiso de trabajar juntos y respetar las decisiones de la comunidad. Superamos posibles barreras trabajando colaborativamente y cumpliendo con nuestros compromisos".

Jeff Hall

Director del proyecto Agua Salud

"Trabajo mi tierra a cambio de pago, lo cual no sucede mucho por aquí... es un beneficio porque estoy trabajando en mi parcela, pero me estoy beneficiando a mí mismo, a mis hijos y a mis sobrinos que también trabajan conmigo", afirma Isidro Hernández, quien mantiene una hectárea y media dedicada al proyecto. "También hay una fuente de agua en esa parcela y me vino la idea de reforestarla para que ella se mantenga viva", agregó.

"Lo que más me gustó de este proyecto es que se ha hecho desde la incepción muy de la mano con las familias. No dábamos un paso sin que fuera consultado, y es muy bonito ver que además de cuidar los arbolitos, ahorita sus hijos pueden ir a estudiar porque están recibiendo un ingreso", explicó Adriana.

Trabajar de la mano con los líderes Indígenas locales y los residentes mientras se registraban datos sobre el crecimiento de los árboles plantados abrió una oportunidad única para este proyecto transdisciplinario: vincular la investigación ecológica con la investigación en ciencias sociales y justicia ambiental. Para colaborar en este esfuerzo y garantizar una reforestación equitativa en el proyecto, la investigadora de la Universidad de Cornell, Reem Hajjar, junto con CEASPA, lideró una encuesta participativa para comprender cómo se perciben los pagos por carbono en la comunidad, incluyendo sus efectos en la mejora de los servicios ecosistémicos y los medios de vida locales. La encuesta base realizada en 2025 se repetirá dos años después para evaluar los cambios. Los resultados serán cruciales para el éxito general del proyecto de reforestación y para la implementación de nuevas propuestas comunitarias de reforestación en el futuro.

Interacciones y más interacciones

Comprender cuáles especies de árboles crecen mejor para informar futuras iniciativas de reforestación es otro objetivo importante del proyecto de reforestación en la comarca. Pero la Reforestación Inteligente® no solo tiene como objetivo aumentar la cobertura vegetal, sino que también busca transformar una parcela en un bosque autosostenible, con árboles longevos que se reproduzcan de forma natural y sin intervención humana.

Abeja sobre una flor en una parcela de reforestación

"Las plantas, en su tremenda diversidad, dependen de la transferencia de polen para reproducirse y mantener la diversidad genética, la cual es en su mayoría es realizada por polinizadores como las abejas, un grupo muy diverso y especializado".

Danny Hernández Cuadra

Becaria del Centro Global sobre Biodiversidad para el Clima (GCBC) y del STRI

Danny Hernández Cuadra y Gabriel Santo examinando abejas

Danny Hernández Cuadra, becaria del STRI, y Gabriel Santo, pasante del STRI, examinan algunas abejas recién recolectadas en las parcelas de reforestación de la Comarca Ngäbe-Buglé. "Todos los ecosistemas terrestres tienen vegetación asociada, y en la mayoría las abejas desempeñan un papel clave como polinizadoras", explica Hernández.

"Las plantas, en su tremenda diversidad, dependen de la transferencia de polen para reproducirse y mantener la diversidad genética, la cual es en su mayoría es realizada por polinizadores como las abejas, un grupo muy diverso y especializado", explica Danny Hernández Cuadra, becaria del Centro Global sobre Biodiversidad para el Clima (GCBC) y del STRI. Danny forma parte de un equipo de investigadores del STRI, dirigido por el científico William Wcislo, que estudia la diversidad de las abejas en algunas de las parcelas establecidas en la comarca, aprovechando el proyecto de reforestación.

Los encargados de las parcelas y sus familiares también participan activamente en esta iniciativa, ayudando en censos de abejas e informando a los científicos sobre la ubicación de los nidos de abejas sin aguijón, a cambio de una remuneración por su conocimiento local y su tiempo de trabajo. El objetivo es utilizar métodos repetibles para establecer una base de referencia de la riqueza y abundancia de especies de abejas en parcelas de reforestación seleccionadas, mucho antes de que cualquiera de las plántulas sembradas produzca flores. En el futuro, la diversidad de abejas podría reevaluarse utilizando los mismos métodos. Los científicos también comenzarán a documentar las interacciones entre plantas y abejas mediante el análisis del polen de las abejas recogido en trampas, para identificar qué especies de plantas son visitadas por las abejas, ya sea dentro de las parcelas o en cultivos cercanos de los que dependen las familias locales.

"Este proyecto también lleva a cabo actividades de educación ambiental para enseñar a los estudiantes sobre la diversidad de abejas en la comarca y su importancia ecológica", explica Gabriel Santo, un becario ngäbe en este proyecto. Gabriel también tradujo al ngäbe, una de las lenguas Indígenas locales que se hablan en la comarca, un libro de colorear para niños sobre la importancia de las abejas. El libro trilingüe fue escrito en español por Danny Hernández Cuadra y William Wcislo y traducido al buglé, otra lengua local, por León Santos, uno de los participantes en el proyecto. Damond Kyllo diseñó y dibujó el libro para colorear y ayudó con la redacción y las ideas. Algunos alumnos de escuelas locales del distrito de Ñürüm recibieron un ejemplar del libro y una caja de lápices de colores durante los programas de divulgación educativa.

Gracias a la comunidad Ngäbe-Buglé y a su generosidad al abrir sus tierras y colaborar con los investigadores del Smithsonian, la ciencia está echando raíces aquí, ofreciendo la oportunidad de mostrar cómo el conocimiento local y el científico pueden unirse para transformar el futuro de los ecosistemas y de las comunidades que los rodean. Desde el estudio de los árboles nativos durante más de 100 años en Isla Barro Colorado en el Canal de Panamá, hasta el estudio de parcelas con diferentes usos del suelo en la cuenca del Canal cerca de la ciudad, y ahora comenzando a comprender las interacciones entre la reforestación, las abejas y las comunidades locales, la ciencia conecta la vida en el campo y la vida en la ciudad.

Abejas polinizadoras

Un bosque comunitario

Donde la naturaleza y la cultura se conectan

Gracias a los servicios naturales que proporcionan y al carbono que capturan, los manglares se consideran ecosistemas esenciales. En Panamá, también tienen una importancia cultural invaluable para las comunidades que interactúan con ellas.

De niña, observando la pesca tradicional de manglares y cangrejos en la costa del Pacífico de Panamá, Tania Romero nunca imaginó que algún día navegaría esos mismos pantanos como investigadora, defendiendo los manglares y su papel crucial en la lucha contra el calentamiento global.

"Los bosques bien conservados del Pacífico panameño son como un bosque encantado. No podemos evitar sentirnos como elfos y hadas bajo su inmensidad, lo que contrasta fuertemente con los bosques de manglares altamente impactados, donde está lejos de ser una historia de fantasía", dice Romero, gerente del Laboratorio Collin en STRI.

Si la resiliencia es la capacidad de adaptarse a condiciones adversas, entonces los manglares son algunos de los árboles más resistentes que existen. Creciendo principalmente a lo largo de las costas, resistiendo vientos y olas fuertes, las raíces de los manglares desarrollaron la capacidad de absorber oxígeno extra y filtrar la sal del agua salobre y del agua de mar.

Durante milenios, los manglares han sido cruciales para las actividades económicas y el bienestar humano. Juegan un papel esencial en la protección de las costas frente a la erosión, las olas gigantes y los fenómenos meteorológicos; albergan la biodiversidad terrestre y costera; y proporcionan alimentos y otros bienes a las comunidades costeras circundantes, como pesca, madera para carbón o para construcción, y mucho más. "Los manglares actúan como una zona de amortiguamiento, desempeñando simultáneamente funciones para los sistemas terrestres y marinos", dice Romero.

Los manglares también almacenan importantes cantidades de carbono, reduciendo el dióxido de carbono, el principal gas de efecto invernadero que calienta el planeta. Al igual que los árboles y plantas terrestres, absorben dióxido de carbono de la atmósfera mediante la fotosíntesis y lo almacenan en su tronco, raíces y hojas, creando biomasa; pero gracias a su sistema radicular, los ecosistemas de manglares también almacenan carbono en los sedimentos y el suelo. Según un estudio reciente publicado en la revista Nature, los bosques tropicales de manglares pueden almacenar hasta cuatro veces más carbono que sus homólogos terrestres. El carbono almacenado por los bosques de manglares y otros ecosistemas marinos y costeros, como los pastos marinos y marismas, se conoce como "carbono azul".

"Los suelos forestales terrestres son orgánicos hasta un límite de unos 30 centímetros, por regla general, pero en un manglar el suelo puede extenderse hasta diez metros. Eso son diez metros de material orgánico conservado", dice Romero.

Medir la biomasa de árboles para estimar cuánto carbono se almacena en los bosques de todo el mundo puede ser útil para diseñar planes de acción más eficaces para frenar el calentamiento global. Y aunque los bosques terrestres han sido el foco de las iniciativas globales de conteo de carbono, hay un interés creciente en el conteo de carbono azul.

Mapa de cobertura de manglares en Panamá
Las mayores áreas de cobertura de manglares en Panamá son las costas de la provincia de Darién, la Bahía de Panamá, el Golfo de Montijo y el Golfo de Chiriquí, con áreas bien conservadas que cuentan con árboles enormes. Mapa de Viquez et al., publicado en Bulletin of Marine Science.

Panamá cuenta con los bosques de manglares más extensos de Centroamérica, con doce especies diferentes a lo largo de las costas atlántica y pacífica, lo que la convierte en un lugar ideal para estudiar el conteo de carbono en los manglares, así como para monitorear su salud y cómo afrontan la presión de actividades humanas y cambios ambientales.

Además de factores como el aumento del nivel del mar, la deforestación, la contaminación, la pesca excesiva y eventos climáticos naturales como El Niño-Oscilación del Sur, los manglares sufren las consecuencias de la agricultura, la ganadería, el desarrollo de viviendas, el turismo y otros factores que ejercen mucha presión. "Si perturbas una zona de manglar para la agricultura, la construcción o cualquier otra cosa, no solo pierdes cobertura forestal, sino que también alteras el suelo, y todos los gases atrapados en él se liberan", añade Romero.

Como una de las principales expertas de Panamá en carbono azul, Romero y los investigadores del Centro de Investigación Ambiental Smithsonian (SERC) organizaron un taller en 2024 para compartir técnicas de recuento de carbono con partes interesadas en Panamá, como parte de la iniciativa nacional sobre carbono azul y su compromiso con la Convención Internacional sobre el Cambio Climático.

Financiado por The Pew Charitable Trusts, este taller de carbono azul contó con participantes de diversos sectores, incluyendo el Ministerio de Ambiente de Panamá (MiAmbiente), grupos de conservación, grupos indígenas, pescadores, investigadores y más.

"Existía la visión de utilizar la función natural de los manglares de almacenar carbono como una herramienta de conservación a largo plazo", explica Romero. "Y también, promover la conservación de los manglares como herramientas de mitigación y adaptación al clima, porque protegen las zonas costeras y son una fuente de alimento para muchas comunidades."

Durante una charla en el Congreso Nacional de Ciencia y Tecnología APANAC 2025, en Ciudad de Panamá, Romero compartió los hallazgos de un estudio sobre el almacenamiento de carbono en diferentes especies de manglares en Panamá, y explicó que es necesario un monitoreo a largo plazo para comprender mejor la dinámica de los manglares, especialmente cómo afrontan y se recuperan tras perturbaciones como la deforestación, y cómo protegerlos mejor.

Aunque el taller de carbono azul terminó, Panamá aún tiene compromisos que cumplir, para poner el bienestar de los ecosistemas de manglares en el centro del proceso de toma de decisiones sobre áreas costeras protegidas y prácticas de gestión de manglares.

"Un bosque natural de manglares almacena mucho carbono, así que si lo talas, no solo pierdes árboles, sino que el carbono del suelo que probablemente tardó miles de años en acumularse sube a la atmósfera", afirma Rachel Collin, científica de STRI que lidera el Collin Lab en los Laboratorios Naos, y directora de la Estación de Investigación de Bocas del Toro de STRI, en Panamá, así como becaria Pivot de la Fundación Simons.

Aunque reforestar manglares pueda parecer una práctica de conservación eficaz, ¿cuánto carbono pueden capturar los árboles pequeños mientras crecen? ¿Y qué pasa con todo el carbono que se libera de nuevo a la atmósfera?

"Pierdes mucho más carbono destruyendo un mangle existente", añade Collin. "Si plantas uno nuevo, los árboles pequeños tardan décadas en empezar a almacenar carbono de verdad. La reforestación no es reemplazar el bosque de manglar maduro que has eliminado. El mejor método es preservar lo que ya tienes".

Raíces comunitarias

Aunque el carbono azul está ganando popularidad como motor para proteger estos ecosistemas costeros, los manglares son más que los servicios cuantificables y los beneficios económicos que ofrecen.

"Estos ecosistemas multidimensionales tienen muchos valores diferentes. El valor total es mayor que si solo lo ves como almacenamiento de carbono o para pesquerías", dice Collin.

Un estudio publicado en 2024 en la revista Human Ecology examinó los Servicios Ecosistémicos Culturales (CES) de los manglares en Bocas del Toro, en la costa caribeña occidental de Panamá; los Servicios Ecosistémicos Culturales se refieren a los beneficios que proporcionan los ecosistemas y que tienen un valor no monetario, pero que son intrínsecos a la identidad y los valores de las comunidades que interactúan con ellos, ya sea por importancia cultural, beneficios para la salud mental, conexión emocional, conocimiento ecológico indígena y más.

"Después de años observando bajo el agua los manglares y su complejidad de hábitat, un día miré por encima del agua mientras hacía snorkel y pensé: si todos estos manglares de repente no existieran, ¿cómo se sentirían las personas y cómo lo manejarían?" dijo Cinda Scott, codirectora de Ocean Nexus, quien fue coautora del artículo cuando era directora de la Escuela de Estudios de Campo en Bocas del Toro. "Dependemos tanto de los manglares de más formas de las imaginables".

Durante este estudio, los investigadores entrevistaron a personas que viven cerca de manglares en Bocas del Toro: algunos encuestados dijeron que los manglares ofrecen un lugar para la comunidad, la camaradería y para escapar de la depresión y otros problemas.

Como actores locales, las comunidades costeras son esenciales para gestionar eficazmente los manglares, designar áreas protegidas y establecer políticas de conservación.

Scott añade sobre los resultados: "Se escribe mucho sobre el valor económico de los manglares, pero poco se entiende sobre cuánto valoran las personas a los manglares, lo importantes que son para su identidad".

Manglares de Panamá

"Después de años observando bajo el agua los manglares y su complejidad de hábitat, un día miré por encima del agua y pensé, si todos estos manglares de repente no estuvieran aquí, ¿cómo se sentirían las personas y cómo lo manejarían? Dependemos tanto de los manglares de más maneras de las imaginables".

Cinda Scott

Directora de Ocean Nexus

Cinda Scott en manglares

La codirectora de Ocean Nexus, Cinda Scott, lideró un proyecto de investigación sobre el valor intrínseco y no monetario de los manglares para las comunidades que interactúan con ellos, desde su importancia cultural, beneficios para la salud mental, conexión emocional, conocimiento ecológico indígena y más. Foto cortesía: Cinda Scott.

Mano sosteniendo un colibrí en el bosque tropical

Había una vez, un océano
lleno de perlas

Foto: Jorge Alemán

Rescatar la historia de la extracción de perlas en el océano Pacífico panameño guarda un legado significativo: el papel vital que las perlas han desempeñado en el patrimonio histórico de Panamá. Destaca el vínculo esencial entre la historia y las actividades de subsistencia locales que ha moldeado la forma en que se han utilizado los recursos marinos, subrayando la responsabilidad compartida que tenemos en el manejo de los recursos locales para garantizar su conservación a largo plazo.

En una tarde soleada en Casco Antiguo, el distrito histórico de la Ciudad de Panamá, una variedad de joyería hecha a mano con hermosas perlas brillantes destaca en las mesas de los artesanos. La mayoría afirma que las perlas provienen del Archipiélago de Las Perlas en Panamá, también conocido como Islas de las Perlas. Sin embargo, estas joyas parecen ser bastante accesibles como para ser hechas con perlas naturales del océano. ¿Provienen realmente estas perlas brillantes de las aguas turquesas de este archipiélago en el océano Pacífico?

En un artículo publicado recientemente en la revista Philosophical Transactions of the Royal Society, científicos del STRI encontraron que, durante más de 16,000 años, los recursos marinos han desempeñado un papel consistente y significativo en los medios de subsistencia de los humanos en el istmo centroamericano de Panamá. Esta investigación altamente colaborativa destaca la conexión histórica entre los habitantes del istmo y el océano Pacífico, respaldada por extensa evidencia arqueológica y ejemplificada a través de tres estudios de caso. Entre ellos se encuentra el estudio de la extracción de la ostra perlera en Panamá, documentado por la becaria del STRI Erin Dillon y la pasante del STRI Irene García, como parte de esta investigación más amplia.

En el Pacífico, las perlas provienen de las ostras comúnmente conocidas como ostras Madreperla (Pinctata mazatlanica). Se encuentran desde México hasta Perú en sustratos rocosos y arrecifes de coral poco profundos y en profundidades de hasta aproximadamente 20 metros. Cuando una partícula extraña, como un grano de arena, entra en la cavidad del manto de la ostra, esta se cubre gradualmente con capas de nácar, formando finalmente una perla. El tiempo necesario para producir una perla comercializable varía ampliamente, y la probabilidad de encontrar una ostra con perla es impredecible. La abundancia de perlas encontrada en las Islas de las Perlas a la llegada de los colonizadores españoles en el siglo XVI llevó a que rebautizaran el archipiélago, anteriormente llamado Terarequi por las comunidades indígenas locales, como Las Perlas.



"La Madreperla fue el primer recurso marino en extinguirse por sobreexplotación en el siglo XX".

Stanley Heckadon-Moreno

Científico retirado del STRI, historiador y antropólogo



"El uso de las ostras Madreperla por parte de las comunidades locales antes de la colonización española en 1501 estaba centrado en la alimentación, y utilizaban el excedente —nácar y perlas— para decorar su vestimenta, como joyería o incluso para intercambiarlo con otras comunidades", explicó García. Pero cuando los españoles llegaron a Panamá, las cosas cambiaron. "Para los europeos de esa época, las perlas eran un símbolo de élite; eran utilizadas por el clero, la monarquía y la realeza… eran un símbolo de estatus, y la Corona Española exigía perlas como pago de impuestos", añadió García. Rápidamente, la introducción del comercio internacional por parte de los españoles provocó un cambio de paradigma: las perlas comenzaron a extraerse con fines de lucro económico, en lugar de únicamente con propósitos culturales y de subsistencia.

En tan solo unas décadas, la explotación de la ostra Madreperla en Panamá se intensificó con la comercialización de la industria perlera en la década de 1520. La extracción creció tan rápidamente que, para 1570, se registró la primera disminución documentada de la población de ostras Madreperla. La extracción era realizada por buzos indígenas expertos que fueron explotados por los españoles, ya que se les obligaba a bucear con piedras atadas a la espalda, las cuales dejaban en el fondo del mar después de recolectar las ostras en un canasto. El declive de las ostras estuvo acompañado por una disminución de los buzos indígenas locales debido a desnutrición, ceguera, sordera y la enfermedad por descompresión, lo que también resultó en un epistemicidio: el conocimiento local relacionado con la recolección de perlas fue suprimido. En respuesta, la Corona Española prohibió el uso de indígenas esclavizados, pero posteriormente utilizó personas afrodescendientes para esta labor, quienes carecían de la experiencia de buceo de los isleños locales. La Corona también respondió al declive de las ostras prohibiendo el buceo de perlas durante diez años. Esto pudo haber sido un alivio para las poblaciones de ostras. Sin embargo, incluso cuando se comprendió que los bancos de ostras estaban desapareciendo, esta medida fue ignorada, ya que las perlas se volvieron cada vez más valiosas.

Ostra Madreperla

En el océano Pacífico, las perlas provienen de la ostra perlera panameña (Pinctata mazatlanica), también conocida como Madreperla. Cuando una partícula extraña, como un grano de arena, entra en la cavidad del manto de la ostra, esta es cubierta gradualmente con capas de nácar, formando finalmente una perla. El tamaño de la perla depende de la edad y el tamaño de la ostra, y las ostras más grandes y mayores probablemente producen perlas más grandes. Foto: Ana Endara.

Durante este período, las perlas de las Islas de las Perlas alcanzaron renombre internacional por su belleza, apariencia llamativa y gran tamaño. "A diferencia de otras partes del mundo donde también se extraían perlas, el Golfo de Panamá, rico en nutrientes y altamente productivo, junto con su afloramiento estacional, probablemente tenía la capacidad de sostener bancos de ostras abundantes y maduras. Y, las ostras más grandes y mayores producen perlas más grandes", explicó García. Por ejemplo, una perla destacó por su tamaño y calidad: pesaba alrededor de 31 quilates (casi 30 gramos). Conocida como La Peregrina, y también como La Huérfana y La Sola, pasó a formar parte de las Joyas de la Corona Española en 1580. A partir de entonces, todo conquistador buscaba adquirir una magnífica perla del Golfo de Panamá. La perla fue posteriormente propiedad de famosas actrices y coleccionistas, y fue subastada por 11 millones de dólares en la década de 2010.

Los programas públicos y la divulgación educativa son una parte esencial de la misión del STRI de difundir el conocimiento, acercando a personas de todas las edades con expertos del STRI y educadores para aprender sobre la diversidad tropical e inspirar la curiosidad en los futuros líderes científicos.

Curso de campo de ciencias biológicas, 1986

La primera generación del curso de campo de ciencias biológicas, más conocido como el curso de Gigante, en 1986. El curso de campo más antiguo en la historia del STRI, que lleva el nombre de la península Gigante y parte del Monumento Natural Barro Colorado, ha formado a muchos de los biólogos más reconocidos de Panamá.

Niños observando especimenes en el STRI
Niños de El Chorrillo en actividad científica junto al agua

Después de la invasión de Estados Unidos a Panamá en 1989, niños de El Chorrillo visitaron las instalaciones del STRI, incluidas las estaciones de investigación de Naos y Barro Colorado, a inicios de 1990. Exploraron los laboratorios vivos y establecieron vínculos con científicos y voluntarios del STRI, en el marco de un programa de visitantes impulsado por miembros del staff, entre ellos Arcadio Rodaniche, Argelis Ruiz, Leonor Motta, Georgina De Alba, y otros. Este programa marcó el inicio de las iniciativas educativas del STRI y del Centro Natural Punta Culebra.

Un bosque comunitario

Los bosques de Panamá son un tesoro de biodiversidad. Con alrededor de 224 familias de plantas y más de 10,000 especies de plantas vasculares, y cada año la lista sigue creciendo. El primer paso para comprender esta increíble diversidad es identificar cada especie, una tarea que ayuda a los científicos a rastrear la dinámica y la resiliencia de los bosques en un mundo que cambia rápidamente.

Los técnicos de investigación de ForestGEO, Salomón Aguilar y Rolando Pérez, son los expertos de referencia en dendrología, la ciencia que se ocupa de identificar y clasificar las plantas leñosas. Su experiencia es el resultado de décadas de práctica y tutoría bajo la guía de investigadores de renombre del STRI, como Robin Foster, Stephen Hubbell, Richard Condit y la difunta botánica panameña Mireya Correa, lo que les ha proporcionado 40 años de conocimientos y experiencia sobre lo que la biodiversidad vegetal revela acerca de los bosques.

Con esta experiencia, Aguilar y Pérez han formado a expertos en todo el Smithsonian y en parcelas de monitoreo forestal en todo el mundo. Hoy en día, dirigen un curso anual de dendrología en Panamá, transmitiendo estos conocimientos a la próxima generación de científicos, lo que garantiza que este conocimiento vital siga creciendo.